miércoles, 29 de junio de 2011

Capítulo VII Elixir de amor (Parte 2/4)

Acababa de amanecer, y un soldado malherido cabalgaba por un bosque, por donde varios resquicios de luz entraban a través de las copas de los árboles. Pero no era en absoluto un bosque como cualquier otro, ya que los árboles estaban calcinados y estaban cerca de destruirse. Por lo demás, la copa constaba de gran número de hojas las cuales estaban repletas de ceniza.
El soldado se removía en su curioso corcel. Después de caer por una de las ventanas más altas de la segunda planta de Palacio, se había incorporado y había huido a lomos de su caballo fantasma, yendo a la velocidad de la luz hacia el Palacio de su amo Musfogn, Rey del Fuego. La caída provocada por el animalejo ese no había supuesto más que un par de costillas rotas y eso no significaba que no pudiera montar a caballo, pero un profundo dolor aún le daba la lata.
Faltaba poco tiempo para llegar a su destino. A lo lejos divisaba una de las islas más famosas del Reino del Fuego. Alrededor de un río de lava se encontraba una escalofriante isla, en la cual un grandioso Palacio se elevaba hacia los cielos impregnados de ceniza.
Una distancia que supondría días de viaje para los imperfectos helados voladores fabricados por el padre de aquel chico, el que junto con el puerco-espín había evitado que cumpliera su cometido.
Por fin abandonó el bosque y observó expectante lo que tenía delante mientras el puente se desplegaba, permitiéndole cabalgar hacia el Palacio. Según se acercaba pudo ver mejor como en una de las ventanas de Palacio desaparecía una sombra con una túnica rojiza. Estaba claro que su amo deseaba que llegase con lo que le había ordenado, y no quería ni imaginar su reacción al enterarse de que esta vez tampoco había logrado traerle de vuelta al príncipe.
La morada de su amo no tenía nada que envidiar a la casucha del Rey Polar. Además de que la superaba en tamaño, varias vidrieras de la parte delantera se iluminaban en ese momento con la luz del sol. Pero lo más impresionante era el río de lava que rodeaba la isla. Se movía violentamente como atraída por una fuerza maligna que hacía que se  revolviera en el sentido contrario de las agujas del reloj. Si alguien del Reino del Hielo viniera, tendría verdadero miedo a lo que ese castillo transmitía. Pero eso no sería posible, porque hacía unos cuantos años que nadie del otro Reino se había atrevido a venir. Después de la continua guerra que mantenían, tampoco habría salido muy bien parado.
El nombre del soldado era Pete, y nada más vislumbrar que el puente había caído con fuerza, se dispuso a cruzarlo, colocándose la mano derecha donde el dolor seguía sin darle ni siquiera un suspiro.
Dejó atrás el bosque, y terminó de atravesar el largo puente, que comenzó a cerrarse según Pete se acercaba a la gran puerta del Palacio de Musfogn.
La puerta, al igual que el puente que acababa de traspasar, se abrió automáticamente cuando se detuvo frente a ella. Desde hacía varios años era así. Parecía que el castillo te reconociera al llegar, pero el secreto estaba en varios centinelas que observaban desde lo alto de las almenas.
Sin más dilación decidió entrar en el castillo, dejando atado a su caballo fantasma en una fina barra de madera. Tenía la suficiente confianza en su caballo como para saber que cuando volviera, estaría allí esperándole.
Cuando estuvo dentro del edificio, la puerta se cerró de golpe, provocando un gran estruendo en la estancia principal.
La vista que ofrecía el Palacio nada más entrar era aterradora. Desde donde se encontraba, comenzaba un gran corredor rodeado de antorchas, con una gran llama resplandeciendo en cada una de ellas. Pero por lo demás, todo estaba oscuro y se escuchaban varios cuervos revolotear por la estancia, de un lado a otro.
Todas las puertas estaban cerradas a cal y canto. El Rey siempre era muy estricto con eso. Si pillaba espiando a algún visitante, no lo pensaba más y lo condenaba a muerte. Nadie sabía lo que escondían aquellas puertas pero estaba claro que era mejor no saberlo.
Pete empezó a caminar lentamente por el pasillo, mientras miraba de un lado a otro de la estancia deseando no encontrarse con algún imprevisto.
Varios cuervos se cruzaron en su camino durante el corto viaje. El corredor parecía no finalizar nunca y según más avanzaba, más largo se le hacía a Pete.
Finalmente el soldado llegó hasta otra gran puerta, donde el Rey del Fuego disfrutaba de tiempos libres en su sala del trono. A la derecha de esta, una gran escalera subía hacia la segunda planta, donde el Rey dormía durante la noche, junto a varios criados que él creía de su confianza. Excepto ellos, Musfogn estaba solo en la vida. No tenía familia, menos una mujer secreta que había estado visitándole durante varias años desde que Pete tenía conciencia.
Se rumoreaba que tenía un hijo, pero nadie había averiguado nunca quién era ni en qué lugar del Reino del Fuego se encontraba. Y con respecto a la madre del hijo se sabía menos todavía.
Mientras pensaba en todo aquello, el portón que conducía a la sala del trono comenzó a abrirse lentamente.
La estancia estaba completamente oscura y cuando Pete se decidió a entrar totalmente asustado, una gran lámpara que descansaba en lo alto de la sala empezó a encenderse con una llama que cada vez era de mayor tamaño.
A lo lejos, Musfogn mostraba las manos en alto mientras de ellas emergían varias llamas que viajaban a toda velocidad hacia la lámpara que Pete acababa de contemplar.
El Rey del Fuego era horripilante, pensó Pete. Le había visto muchas veces pero nunca se había acostumbrado a ese rostro tan significativo  y a la vez tan terrorífico. Vestido solamente con una larga túnica de color rojo con la insignia del Reino(una llama entrelazada entre dos serpientes), Musfogn tenía el cabello de un naranja enérgico que caía hacia atrás hasta depositarse en sus hombros. Pero lo que más sensación provocaba en el joven soldado era su rostro, surcado por pequeñas cicatrices que hacían de su rostro algo inhumano. Todas las luchas permanentes con el Reino del Hielo y con enemigos de su propio territorio habían provocado que el joven divertido que había sido en su pasado pasará a convertirse en un ser cruel y despiadado.
En el momento en que Pete estuvo cerca de él, Musfogn levantó levemente el rostro y le miró durante varios minutos, hasta que se decidió a hablar:
- Buenos días. Espero que valga la pena despertarme y que haya traído justo lo que le pedí. Porque no me gusta que me importunen para una estupidez insignificante- dijo el monarca, mientras Pete comenzaba a temblar instintivamente.
Hacía poco tiempo habría estado seguro de cuando iba a acabar su vida, luchando por su Reino. Pero de pronto, su muerte se le hizo mucho más cercana al contemplar el rostro disgustado de su Rey.
- Se…Señor, me te…temo que no he po…podido hacerlo. Alguien me lo impidió- el soldado consiguió terminar la frase cuando Musfogn fijó su mirada en él durante varios segundos sin decir nada.
La conversación había sido corta, y su majestad había ido al grano. Y Pete comenzó a pensar que no iba volver a escuchar su voz cuando pasó algo más aterrador.
Musfogn se lanzó rápidamente hacia el soldado, y retorció su mano derecha alrededor del cuello de Pete, provocándole una lenta respiración:
- ¡Explícame ahora mismo qué ha ocurrido o será el último día de tu vida!- gritó angustiado mientras apretaba con más fuerza el pescuezo del joven soldado, que se retorcía intentando liberarse.
- Fue el hijo de Reynold. Él me lo impidió, junto con un puerco-espín- todo lo que estaba diciendo era absurdo, y cuando escuchó que un animal le había vencido siguió apretando el cuello de Pete.
- No te preocupes, Pete- el soldado no sabía que el Rey conociese su nombre, pero no era nada importante en ese momento-. No voy a volver permitir que un puerco-espín te haga frente, porque no tendrás tiempo para repetirlo.
En un rápido movimiento de brazos, le rompió un brazo a Pete, mientras este comenzaba a gritar de dolor sin poder evitarlo.
Pero lo peor no había llegado todavía. El monarca comenzó a elevar su brazos al cielo, y pequeñas llamas comenzaron a surgir de sus dedos:
- ¡No me mate, por favor!- Pete sabía que no había solución alguna pero un minuto más de vida sería algo para poder convencerle.
- Me temo que no voy a poder complacerte.
En ese mismo instante, varias llamas comenzaron a aparecer junto a las anteriores y se intensificaron hasta un punto sorprendente.
Musfogn miró a los ojos de su víctima y comenzó a gritar mientras retiraba las manos de la lámpara y las dirigía al cuerpo del Pete.
El joven soldado comenzó a gritar con más fuerza según las llamas impactaban en su escueto cuerpecillo, sin poder hacer nada para impedirlo.
Las llamas avanzaban a una velocidad vertiginosa, y pronto llegaron a la cabeza de Pete. Pero el soldado ya había muerto del dolor, y Musfogn solo se encargaba de destruir la prueba de su asesinato:
- ¿Por qué nunca nadie puede traerme a Michael? ¿Por qué nunca nadie puede traerme a mi hijo?- comenzó a gritar de furia contenida y dirigiendo de nuevo sus llamas hacia lámpara, ya que el cuerpo de Pete se había desvanecido en el aire-. Conseguiré estar con mi hijo, y juntos nos encargaremos de la princesa. ¡Juntos tendremos los poderes con los que seremos invencibles!- Musfogn seguía aullando como un perro, en el momento en que la lámpara estallaba, provocando un ruido seco en todo el castillo.

domingo, 19 de junio de 2011

Capítulo VII Elixir de amor (Parte 1/4)

Michael y yo nos miramos extrañados durante varios segundos, mientras Bibí sonreía como si nada hubiera ocurrido y hubiera hecho todo para presentarse dignamente:
- ¿Cómo una cosa tan pequeña puede hacer tanto daño?- me preguntó Michael entre susurros. La verdad es que después de su actuación quedaba bastante claro que, si el puerco-espín venía a ayudarnos, sería de mucha ayuda.
- Te he oído, joven príncipe. Y la respuesta es práctica, mucha práctica. Y sobre todo el arte del engaño. Como acaba de demostrar, nadie pensaría que ``una cosa tan pequeña´´ fuera capaz de semejante golpe- añadió, contento. De ahora en adelante sería mejor que nadie le llevase la contraria o ya sabíamos como acabaría.
- Muchas gracias por las explicaciones y por salvarnos , claro- dije no muy decidido. Parecía que todo esto fuese un sueño. De ahora en adelante, podía pasar cualquier cosa.
- De nada. Todo por el hijo de Reynold. Siempre he soñado con montarme en uno de esos cacharros, jiji. Pero he tenido demasiado pavor a sobrevolar los cielos- una mirada me bastó para convencerme que me observaba con total admiración.
- Y ahora éste es más importante que yo, que soy el príncipe. Esto es el colmo- creía que nadie le oiría pero Michael nunca decía algo en un tono demasiado bajo.
Había sido una jornada muy larga, como casi todos estos últimas días. Pero, después de habernos levantado, me había desvelado y lo único que me apetecía era conseguir las respuestas que necesitábamos y salir en busca de la princesa Sophie:
- ¿Alguien quiere dormir? Porque cuanto antes salgamos de aquí, antes lograremos nuestro objetivo. Porque, ¿has venido a eso, no Bibí? ¿A ayudar en el rescate de la princesa?
- Por supuesto, señor Final. El ejercito del rey se ha encargado de colocar millones de carteles por todo el Reino solicitando ayuda de cualquier ser y sería un placer colaborar- sí que se habían dado prisa en reaccionar, aunque el Rey no hubiese encargado nada, pensé.
- Está bien, Bibí. Pero John, ¿se puede saber cómo pretendes salir ya si cuanto más oscuro esté, más peligro habrá de que vuelva a ocurrir lo mismo de esta noche?- el joven príncipe temía que volviese a pasar pero no teníamos otra alternativa. Cuanto más tardásemos en encontrarla, menos posibilidades habría de revivir a la princesa.
- Michael, no me importa lo que pueda pasar. Hay una vida en juego, y te recuerdo que es tu hermana la que está a punto de irse para siempre.
- ¿Estás intentando decir que no quiero encontrarla, inútil? No vuelvas a decir eso en tu vida, ¿me entiendes? Haría lo que fuera por encontrarla pero no pienso perder a alguien más- se veía que lo decía de verdad, pero yo no pensaba de la misma forma.
- Lo que tú digas, pero el Palacio tampoco es muy seguro que digamos, así que da igual donde estemos. Porque no van a parar de buscarnos, y lo sabes- nos encontráramos donde nos encontráramos, los soldados del Reino del Fuego buscando a Michael y los Intermedios intentando convertirme en un completo enagenado, no estábamos seguros.
- Creo que sería mejor…- Bibí intentó decir algo, pero con una sola palabra, Michael y yo le mandamos callar.
- De momento será mejor que vayamos a ver a mi padre. Porque no podemos irnos sin saber cómo resucitar a mi hermana- el príncipe se dirigía rápidamente hacia las escaleras directo a la sala del trono. Si el Rey estaba despierto, ese era el único lugar donde se podría encontrar.
- Esperen, esperen- gritaba Bibí correteando detrás de nosotros sin poder alcanzarnos- No puedo ir tan rápido.  Mis patas son demasiado cortas- la voz de pito y la forma de correr del pequeño puerco-espín provocó varias risas en Michael y en mí, según bajábamos las escaleras.
A toda prisa, Michael saltaba de peldaño en peldaño, mientras yo le seguía muy de cerca. Observé hacia atrás, y vislumbre a Bibí, que aún no había bajado más de dos escalones y se había quedado atrapado entre uno de los hilos de la alfombra. Me miró angustiosamente, y agachó la cabeza.
- Ven aquí, anda- le dije ofreciéndole mis brazos-. No podemos perder tiempo pero, por favor, no me pinches- Bibí no era un puerco-espín demasiado grande, y llevaba las púas intercaladas entre una gran cantidad de pelo. Para ser un puerco-espín no tenía las púas excesivamente grandes y cuando lo posé entre mis brazos, casi ni las noté.
- Gracias, joven Final. No sabía que era tan lento. Casi nunca he estado con seres humanos, y me es muy difícil seguirles, jiji- Bibí se acurrucó en mis brazos mientras corría de nuevo hacia la sala del trono, bajando las escaleras de dos en dos.
A lo lejos, Michael ya había bajado la escalinata, y se disponía a desviarse hacia otro de los corredores. Qué manía tenía de dejarme siempre atrás. Tenía que comprender que Bibí no corría tanto como nosotros.
El pequeño puerco-espín se entretenía mirando los cuadros que adornaban las paredes de Palacio y que se colocaban ordenadamente de arriba hacia abajo hasta llegar al final de las escaleras. En especial se concentraba en uno que mostraba un gran río helado, bordeado de árboles. En seguida lo reconocí. Se encontraba en el bosque cerca de mí hogar. Era exactamente el río donde me había sumergido, y del cual Michael me había salvado:
- ¿Es ahí donde vives, Bibí? Porque mencionaste algo sobre tu procedencia: el Río Helado. Y si no me equivoco se encuentra cerca de Lianel- dije mientras una fina gota de sudor comenzaba a aparecer en mi frente.
No teníamos tiempo para hablar, pero tenía mucha curiosidad en saber si Bibí había vivido cerca de mí durante tanto tiempo.
- Sí, señor. Exactamente pegado a su…- Bibí se paró en seco. Quizá no quería decirme nada pero necesitaba saberlo. Tampoco pasaba nada porque me enterara que vivía en el Río.
- Mi casa. ¿Has vivido en el río todo este tiempo?
- Sí, pero no quería que pensase usted que he estado espiándole o algo por el estilo. Únicamente que hace varios años, cuando acudí a Lianel a conocer a su padre, me fascinó tanto ese entorno que decidí quedarme a vivir allí.
- No te preocupes, Bibí. Nunca me había percatado de que en el Río Helado vivieran puerco-espines. Sin embargo siento decirte que, hace poco tiempo, se hundió y ha desaparecido para siempre. Ha vuelto a ser un río normal y corriente- lo peor sería revelarle que la persona a la que había admirado tantos años había sido asesinada.
Intenté calmarme durante ese instante, y comencé a observar de cerca al puerco-espín, casi sin fijarme en el camino que debía de recorrer para llegar a la sala del trono:
- Tengo que contarte algo más- tragué saliva e intenté enderezarme-. Mi padre falleció hace unos días
De nuevo, y como era comprensible, sentí finas lágrimas recorriendo mi rostro. Cada momento que pensaba que había asimilado todo lo ocurrido con mi progenitor, algo me hacía rememorar su muerte.
Me limpié con una mano antes de que Bibí se percatase de lo afectado que me encontraba. No quería cargarle el muerto a nadie más, porque no sería justo:
- Oh, señor. ¡No puede ser, él no! ¿Quién ha osado hacerle daño hasta ese punto? Puede estar seguro que le ayudaré a vengarse- los ojos de Bibí se iluminaron y acercó su cabeza a mi hombro, para darme una especie de abrazo como consuelo. Y, aunque hacía pocos instantes que le conocía, sentí algo de comprensión por su parte.
Hacía ya tiempo que habíamos acabado de bajar las escaleras. Y en ese momento vislumbré como el príncipe desaparecía a través de la puerta de la sala del trono, de la cual procedía un leve resplandor que iluminaba el pasillo junto con los primeros indicios del amanecer:
- Bibí, también tengo que decirte que no sabemos con exactitud si realmente es mi padre quien murió. Los soldados de Reino del Fuego provocaron un incendio en mi casa, y encontramos un cadáver con el colgante de mi padre, pero no…- mientras entrábamos en la sala del trono, Bibí me mandó callar con un leve movimiento de sus minúsculas manos.
En el fondo de la sala Michael se mantenía de pie junto a su padre, que descansaba en el trono, y que comenzó a mirar fijamente a Bibí con cierta sorpresa.
- Encontraremos la respuesta a todas las preguntas, no lo dude- me susurró al oído cuando nos acercamos hacia el trono.
El aspecto de  Rey parecía haber mejorado levemente, ya que su rostro mostraba más esperanza de la que podía haber habido hace varios días.
Excepto por un leve resplandor procedente de una antorcha a cada lado de la prolongada estacia, todo estaba sumido en la oscuridad. Bibí miró ligeramente hacia atrás, e inmediatamente se acurrucó de nuevo entre mis brazos.
Tras el paseo, llegamos junto al Rey y su hijo. Hice una leve reverencia, y Bibí agachó la cabeza:
- Buenas noches, Majestad- susurré mientras éste se levantaba del trono-. Le presento a Bibí del Río Helado. Según nos ha contado, viene a ayudar en el rescate de la princesa.
El Rey Polar le hizo un leve gesto a su hijo para que le ayudara a andar hacia nosotros. Todavía seguía muy débil. Su huelga de hambre le traería desastrosas consecuencias, pero había logrado sobrevivir. Michael se acercó a su padre y le agarró el brazo cuando el monarca estaba dispuesto a hablar:
- Mi hijo ya me ha dicho algo antes de que llegases. Por cierto, encantado de conocerle, Bibí. Es un honor que alguien como usted ayude a devolverme a mi niña- susurro mientras bajaba los pequeños escalones que ascendían al trono, junto a Michael.
- El placer es mío, Majestad. Sólo espero ser de ayuda, y no llegar a ser una molestia- respondío, decidiendo bajarse de mis brazos, y saltando directo al suelo.
El pequeño puerco-espín observó al Rey desde su escasa altura, y le tendió la mano amablemente, haciendo una reverencia.
El Rey Polar se agachó, haciendo un gran esfuerzo y soltando la mano de su hijo, y tomó la minúscula mano del animalillo:
- También espero que estos dos no sean molestia para usted. A veces pueden ser demasiado jóvenes- respondió el Rey haciendo reír a Bibí.
- Lo tendré en cuenta, jiji- después de esto ascendió por mi pierna, y saltó hacia mis brazos antes de que pudiera percatarme.
- Padre, me temo que es urgente que nos cuente lo que sabe. Cuanto antes salgamos, antes encontraremos a Sophie- dijo Michael, finalizando la presentación de Bibí-. Tiene que contárnoslo todo: dónde puede estar, cómo devolverla la vida, y todo lo que sea necesario.
- Está bien, hijo. Pero espero que alguien pueda hacer algo para cumplir lo que os voy a desvelar. Porque me temo que nuestra única esperanza es quien ha logrado mantener contacto con ella- en ese instante, todos y cada uno de los integrantes de la sala dirigieron su mirada hacia mí, incluido Bibí. El sol estaba apareciendo en el firmamento y un rayo de luz reincidió sobre mí-. John, tienes que enamorarla durante tus sueños. Será lo único que la salvará. Si no lo logras antes de encontrarla, vuestro viaje habrá sido en vano. Y no podréis hacer nada para salvarla, porque estará muerta en el momento en que piséis el Santuario.

sábado, 4 de junio de 2011

Capítulo VI Bibí del río helado (Partes 2/3 y 3/3)

Era totalmente increíble. No cabía en mi asombro en el momento en que llegamos a la Plaza. Nunca había visto que un lugar tan grande pareciera a la vez tan pequeño cuando se llenaba de gente.
Todos los aldeanos de la ciudadela estaban corriendo y saltando alrededor de una gran mesa circular colocada junto a la gran fuente que había a la entrada de la ciudad, y varios platos vacíos descansaban sobre ésta:
- Parece que hemos llegado tarde para comer. Pero podemos unirnos a los bailes. Son lo más divertido, hazme caso- Michael tenía el rostro iluminado. La lealtad que le estaban mostrando los aldeanos había despertado en el joven príncipe una felicidad que difícilmente podía describirse con palabras.
- Está bien. Ve a divertirte. Porque yo no tengo ganas de celebrar nada. Mi padre ha muerto, y no creo que sea un buen momento para bailar- respondí sin apartar la vista del suelo. Me parecía muy bien que Michael quisiera celebrar su vuelta pero mi mente sólo la ocupaba la imagen del cuerpo carbonizado que podía pertenecer a mi padre.
- Lo que tú quieras. No voy a obligarte a bailar, señor aburrido. Pero no me amargues la fiesta con tu lloros y con tu forma pesimista de ver la vida- en ese momento el príncipe no sabía lo que estaba diciendo, y esas palabras cayeron encima de mí como un cubo de agua fría. Esto estaba llegando a un límite. No permitiría que se riera de mí, porque la posibilidad de la muerte de mi padre no dejaba de existir de un momento a otro.
- ¿No crees que te estás pasando un poco?- exclamé mirándole con una buena cara de mala leche.
- No, no lo creo. No sabemos con exactitud lo que tu cerebro está asimilando tan rápido. Y no voy a permitir que me arruines la fiesta que estuve esperando durante tanto tiempo. Así que quédate aquí, y cuando tengamos que volver, te avisaré- añadió en un tono bastante arrogante.
- Entonces me quedaré aquí, justo como me ordena- pero no le dio tiempo a escuchar mi contestación, porque salió corriendo hacia el cúmulo de gente que bailaba en ese momento agarrados y formando un gran círculo.
Recorrí con la mirada la calle por donde habíamos llegado a la Plaza, y vislumbré un pequeño banco de hierro forjado. Decidí sentarme allí para esperar a Michael y caminé hacia él.
Pronto llegué al banco, que se encontraba entre las puertas de dos cabañas recién reformadas, y me senté sin más dilación.
En un instante empecé a llorar. Surgió sin más y no pude evitarlo. Como cuando había explotado frente al rey, las lágrimas aparecían antes de que pudiera limpiarme. No podía más. Estos último días habían sido un infierno para mí. Tanta aventura y tantas intrigas palaciegas habían provocado que olvidara por completo todo lo que me había arrebatado este viaje: la desaparición de Adam, Mary y después de mi padre había sido consecuencia de haber ayudado a Michael. Pero lo peor de todo era que no me arrepentía de absolutamente nada. En el momento en que soñé con ella, supe que estaba destinado a conocerla, y a ayudarla. La princesa tenía algo que me hacía pensar en ella cada vez más. Puede que hubiésemos discutido en mis sueños, pero en este instante sólo quería volverla ver y disculparme por mi mal comportamiento.
Tenía que dejar de compadecerme de mí mismo o me iría bastante mal en la vida. A partir de ahora solo pensaría en mis propio intereses, y por mucho que desease volver a ver a Sophie, tenía que vengarme y averigüar todo lo que pudiese sobre mis seres queridos.
Mientras recapacitaba sobre los hechos ocurridos, seguía llorando sin percatarme, y parece que el tiempo transcurrió bastante más rápido de lo que me esperaba.
A lo lejos, desde el gran grupo de gente que se dedicaba a cantar y bailar antiguos poemas épicos, apareció Michael con bastante mala cara, como si se hubiese tomado tantas cervezas que difícilmente podía mantenerse en pie:
- Ya podemos irnos, ¿vale? Sígueme- estaba claro que a partir de ahora todo lo que dijese no tenía que tenérselo en cuenta, porque estaba más borracho que una cuba.
- Michael, será mejor que vayas andando. Porque no estás en condiciones de correr- añadí en el instante en que el príncipe comenzó a avanzar rápidamente hacia las puertas de palacio.
Durante el resto de nuestro periplo, porque no se podía definir de otra manera, Michael se mantuvo callado mientras yo observaba cada golpe que se pegaba contra una farola o contra cualquier cosa que no fuera capaz de evitarle.
Cuando estábamos cerca de alcanzar la gran puerta de hierro que conducía directamente a la puerta de Palacio, Michael se decidió a hablar, aunque solo soltara dos palabras junto con algún sonido bastante irreconocible:
- Lo siento…- dijo mientras los efectos de su hipo se hacían evidentes.
- Está bien. No te lo tomo en cuenta, pero te has pasado bastante.
- No, en serio John. Siento mucho haberte hablado así. Porque yo sentí absolutamente lo mismo cuando mi padre estuvo a punto de morir.
Ni siquiera le respondí, porque sabía que estaba siendo sincero. Y así acabo nuestra conversación, mientras Michael retornaba a su estado de antes, evitando varios de los matorrales que bordeaban el camino de piedra que conducía a la gran puerta, después de haber conversado con varios de los centinelas.
Entramos en el gran pasillo, y en vez de dirigirnos hacia la sala del trono, tornamos rápidamente hacia unas escaleras de caracol que en un principio causaron bastantes estragos en el cuerpo de Michael.
El mármol que formaba esencialmente las escaleras era bastante resbaladizo, como si hubiera sido limpiado hace poco tiempo.
Según llegábamos a lo alto de las escaleras, donde se suponía que estaban los demás aposentos separados de la habitación del Rey Polar, Michael cayó al suelo. Fue un golpe bastante seco, y cuando se encontraba tirado en el suelo, comenzó a dar señales de vida moviéndose lentamente, y expulsando todo tipo de maldiciones por la boca.
No quería oírle hablar, y simplemente tomé una decisión lo suficientemente drástica. En una de las mesas de madera, descansaba un candelabro antiguo que pronto sería un arma.
Michael me miraba bastante sorprendido al verme coger el candelabro:
- ¿Se puede saber que demonios estás haciendo?- me dijo mientras se removía por el mármol.
- Nada, Michael, nada…- y no dije nada más, porque cuando giró la cabeza en otra dirección, le atesté en la cabeza un golpe algo flojo con el candelabro. Tampoco quería matarle, sólo que se callara para poder dormir tranquilo; y, con suerte, que mañana se levantara dolorido.
Después de esto, me limité a cogerle por las piernas y dirigirme hacia una de las miles habitaciones que debía de haber en esa planta del Palacio.
El cuerpo del príncipe pesaba más de lo que me imaginaba y le arrastré hasta la primera alcoba que vislumbré. Por el camino le daba pequeñas patadas a la espalda de Michael. Me estaba vengando de sus duras palabras y me aburría lo bastante por el camino como para divertirme riéndome de él.
La habitación que elegí no parecía ser la más grande, puede que incluso fuera del servicio, otro detalle más humillante para Michael.
Continué riendo mientras depositaba al príncipe en la cama que había al fondo de la estancia. No pensaba tomarme más molestias. Seguramente se enojaría conmigo cuando se enterase de lo ocurrido, pero no creo que tardase en pasársele el disgusto.
Salí de la habitación y cerré discretamente la puerta. Decidí dormir en una de las alcobas más grandes que encontré. Entré silenciosamente en la sala y sin pensármelo más, me tumbé sobre la gran cama de seda, e inmediatamente sentí como mis ojos se cerraban, durmiéndome sobre uno de los cojines rojos.


                            
                                               *


Un ruido me despertó, como solía ser habitual en estos últimos días. Había sonado como un golpe fuerte rompiendo cristales. No podía creerlo. Alguien había entrado en el Palacio, y para colmo de males, había decidido entrar por la segunda planta. Rápidamente comencé a pensar en una explicación. Puede que estuviese buscando a alguien, y no precisamente para hablar con él.
Como siempre, decidí salir a descubrir quién era. Si algo me ocurría, estaba claro que sería mi culpa, y solamente mía.
Me levanté de la cama y, sudando como estaba, mi pies pegadizos se unían al suelo, provocando un ruido bastante desagradable.
Abrí la puerta, pretendiendo hacer el menor ruido posible, y asomé la cabeza por fuera observando de arriba abajo el pasillo repleto de habitaciones.
Vale, de momento, no veía a nadie. A lo mejor todo había sido producto de mi imaginación y no tenía nada de que preocuparme, pero pronto esa afirmación me costaría muy caro.
Según avanzaba por el pasillo, pensé que lo mejor sería investigar por toda la planta, y así poder cerciorarme de que nada ocurría.
Como ya había visto anteriormente, el pasillo donde se encontraba mi alcoba estaba desierto, así que viré hacia otro corredor, abandonando atrás a Michael, todavía durmiendo seguramente.
Y un error me delató. Cuando pasé al otro pasillo, la ventana estaba totalmente fragmentada sobre la alfombra roja que bordeaba todas las superficies de Palacio, y el extraño me vislumbró. Inmediatamente comenzó a correr hacia mí, mientras desenvainaba la espada, y extraía el arco de su carjac.
Sólo podía hacer una cosa: correr. Correr con todas mis fuerzas.
El intruso me seguía muy de cerca. Sin mirar hacia atrás, giré hacia el corredor de donde procedía y sin pensarlo dos veces, me interné automáticamente en la habitación de Michael.
Estaba todo oscuro excepto por un leve resplandor que entraba por las ventanas de la pequeña estancia que, por cierto, eran unas hermosas vidrieras.
El príncipe, que descansaba sobre la cama donde le había instalado hace unas horas, se levantó de golpe al oírme entrar cerrando la puerta. Maldición, otro error más. Sabría donde estábamos gracias al portazo que había dado:
- Dios, ¿por qué me duele tanto la cabeza?- no pude reprimir la risa al ver su cara de alelado recién levantado. Pero no tenía tiempo para discutir con él cuando se enterase, porque nos cogerían antes de que pudiéramos evitarlo.
- ¿Te estás riendo de mí, inútil? No habrás sido…- y no salió ninguna palabra más de su boca porque se lanzó hacia mí. Estaba claro que se había enterado más pronto de lo que pensaba-. Cabrón, eso es lo que eres, un cabrón- gritaba mientras me propinaba un puñetazo en la cara.
- Michael, suéltame. Puede oírnos. Dejemos esto para más tarde. Alguien ha entrado en Palacio, y me estaba persiguiendo hasta que he entrado en tu habitación y…
Acto seguido, el príncipe dejó de pegarme mamporros, y se levantó alarmado:
- Cada día eres más inepto. Podías haberme avisado antes de hacerte el héroe. Como nos descubra, estamos muertos. Sé lo que me digo. No tenemos ningún arma, ¡mierda!- parecía que se le había olvidado todo lo que acababa de ocurrir, y fijaba su vista en la puerta.
No respondí.
Nos dirigimos a la puerta, y la abrimos sigilosamente. Parecía que no había nadie cerca pero pronto una pequeña sombra se cernió sobre nosotros y Michael pegó un grito inconscientemente.
- No pasa nada. No tenéis que alarmaros.El camino está libre. Ya me libré del hombrecillo- una voz de pito resonó en toda la segunda planta, y cuando menos lo esperábamos, un pequeño animalejo salió de la oscuridad y comenzó a caminar hacia nosotros. No sabía con exactitud qué era, pero parecía un erizo:
- ¿ Qué eres? ¿Un erizo o algo así?- preguntó Michael, riéndose. No me gustaba nada el gesto que comenzaba a aparecer en el rostro de ese animalillo.
- ¡Noooo! No vuelva a llamarme así o correrá la misma suerte que el hombre malo- con eso supuse que hablaba del intruso que me había perseguido-. Soy un puerco-espín y no me gusta que me confundan- estaba claro que no le gustaba que le confundieran, así que decidí callarme antes de cometer algún error.
Había oído hablar de esos animales pero nunca había visto uno, y la verdad que ese puerco-espín era bastante curioso, y gracioso si podía decirse así:
- ¿Y ustedes quiénes son? No confío en nadie, y he venido para ayudar al Rey. Así que preséntense- cada vez que hablaba, Michael seguía soltando alguna risita, pero el puerco-espín no parecía prestarle atención.
- Somos Michael y John. Soy el príncipe Michael para ser más exactos. Y John es un simple granjero- ignórale, pensé. Me dije que iba a tomarme todas sus palabras a risa.
- Soy John, hijo del fabricante de helados voladores del reino. Encantado de conocerle, puerco-espín- desconocía su nombre, si es que tenía alguno. Así que decidí que hasta que no nos dijese su nombre, le llamaría así.
- Uy, no hace falta que me llame así. Pero no tenemos tiempo para más habladurías. Tienen que ver al hombre malo. Le he dejado con la ventana rota. Creo que le he matado, jijiji- me parecía muy raro todo lo que estaba ocurriendo, pero no teníamos tiempo para pensarlo.
Juntos, traspasamos el umbral de la habitación y nos dirigimos hacia el corredor donde había visto al intruso, y donde debía de haberle matado el puerco-espín.
Cuando llegamos estaba todo desierto, excepto por un cuerpo que descansaba cerca de los cristales rotos de la ventana. No se movía, así que supuse que debía de haber muerto, como nos había dicho. Por lo demás, parecía que no había sido una lucha muy encarnizada porque no había nada destruido excepto la ventana. El puerco-espín debía de haberle descubierto totalmente por sorpresa.
Pero antes de que pudiésemos acercarnos, el intruso se levantó de repente y nos apuntó con el arco, que debía de haberse guardado mientras simulaba su muerte:
- No se muevan, o tendré que matarlos. Pero qué digo, los voy a matar de todas maneras- de entre sus ropajes identifiqué el símbolo del Reino del Fuego y aquello no me daba muy buena espina. En ese momento, temí que cumpliera su promesa.
- ¿Es que no nos vais a dejarnos nunca en paz?- grité enfadado. Los últimos días sólo se habían dedicado a aparecer en los momentos menos oportunos, y sólo con un propósito: encontrar a Michael.
- No, hasta que tengamos al príncipe. No hizo bien al escaparse, alteza- añadió, observando fijamente a Michael. No entendía nada. ¿Por qué querrían volverle a secuestrar? Algo se nos escapaba.
- Váyase al infierno. No lo vais a lograr nunca; así que ya podéis desistir, porque tengo a gente que me protege.
- ¿Cómo quién? ¿El puerco asqueroso que ni siquiera ha sido capaz de matarme como es debido? Esto es deprimente- ¡Oh, no!, pensé.
Sabía que lo que iba a suceder a continuación iba a ser algo importante. Porque vislumbré el rostro del puerco-espín, y era exactamente el mismo que cuando Michael había osado reírse de él.
-     ¡No soy un cerdo!- el animal saltó por los aires mientras gritaba como un loco, y con esa voz de pito sólo provocó varias risas en el soldado que sacó la espada, preparado para atravesar el escueto cuerpo del pequeño puerco-espín.
Pero para nada se imaginaba que la táctica de nuestro protector era otra. Se detuvo frente a él, mientras le miraba con una buena cara de perversidad que pocas veces había visto. Y, entonces, se lanzó en su dirección.
El soldado no tuvo tiempo para reaccionar y salió disparado por la ventana que él mismo se había encargado de destruir.
Se escuchó un grito mientras el soldado caía al vacio irremediablemente.
Cuando el puerco-espín se giró en nuestra dirección, su rostro mostraba valentía y orgullo de sus actos. Entonces nos susurró:
- Creo que todavía no me he presentado. Soy Bibí, el puerco-espín del río helado. Encantado de conocerles.