domingo, 24 de abril de 2011

Capítulo IV Reencuentros Parte 2/2

Corríamos en dirección a los jardines que precedían a la gran puerta de Palacio. Nancy y yo difícilmente seguíamos a Michael, que en ese momento se perdía entre un cúmulo de ancianos que recorrían la zona, esperando poder ver al recién llegado príncipe.

Desde luego, iba a ser memorable ver como Michael sacaba a su padre de allí dentro, y esperaba que nada malo le hubiera ocurrido en estos días que había estado encerrado, sin ni siquiera probar bocado.

Aunque desconocíamos dónde se encontraba Michael en estos momentos, Nancy y yo seguíamos recorriendo el camino empedrado directos a los jardines de Palacio, que vislumbrabamos a lo lejos de la calle comercial, donde nos encontrábamos en este instante.

Esta calle era increíblemente grande, rodeada de establecimientos a cada lado. Si en Lianel había muchos comercios para ser una aldea de pequeña superficie, la ciudadela constaba de demasiadas tiendas que el resto de ciudades importantes de todo el Reino no podía ni siquiera imaginar. Pero no tuve tiempo para reconocer cada una de ellas, ya que Nancy tiraba de mi brazo cuando permanecía anonadado mirandolas, mientras corríamos.

Creía que habría algún tipo de protección en las puertas de los jardines de Palacio, pero hasta los centinelas habían desaparecido de sus puestos para contemplar la llegada de Michael, al igual que el resto de las personas, que seguían paradas junto a la fuente de la plaza, aunque Michael había desaparecido hace varios instantes.

Me preguntaba dónde estaría Odín. Desde nuestra entrada triunfal, había desaparecido de mi vista, aunque supuse que estaría entre el cúmulo de gente de la plaza.

Nancy abrió rápidamente las puertas de hierro forjado, por donde se accedía a los jardines, que al igual que la entrada, estaba totalmente desprotegido. Esta puerta era increíble, ya que el hierro forjado se unía formando varias figuras difíciles de reconocer.

El jardín real era inmenso, según mi punto de vista. A cada lado que decidía mirar, contemplaba un árbol distinto. A mi derecha, varios melocotoneros se erguían junto a una encina, que desprendía un cúmulo de bellotas podridas acumuladas en uno de los orificios abiertos en la tierra.

Pronto llegamos a la puerta de palacio, que estaba abierta. La altura de aquella entrada era totalmente enorme. Por lo menos podría albergar a una docena de personas que se subieran a los hombros de sus acompañantes.

Nancy no se detuvo ni un instante, y cruzó el gran umbral, comenzando a correr por los corredores del Castillo.

Y cuando pude cerciorarme, no encontraba a Nancy por ninguna parte. Estaba solo, y no tenía ni idea de cómo llegar a la sala del trono. Así que decidí guiarme por mi intuición. Y tampoco sería demasiado difícil. Seguramente Michael gritaría cuando su padre no quisiera abrirle la puerta, o no pudiera hacerlo.

Sin esperar ni un minuto, comencé a andar por un largo corredor que bifurcaba a la derecha después de varios metros.

Pero me sorprendió vislumbrar a dos centinelas que descansaban en el suelo, mirandome fijamente. Supuse que ellos podrían informarme de dónde se encontraba la sala del trono:

-     No te preocupes. ¡ Pasa ¡ Hemos visto cruzar este umbral hasta a Michael, el príncipe desaparecido. Yo ya no voy a impedirle la entrada a nadie más- susurraron nerviosos antes de que pudiera decidirme a hablar.

-     Sólo necesito que me digan dónde está la sala del trono. Es muy importante- dije mientras los soldados comenzaban a levantarse y a ocupar sus puestos.

-     Está bien- añadió uno de ellos.- Tiene que girar a la izquierda y luego dos veces a la derecha en los corredores que se vaya encontrando en el camino. Pero, por favor, ¡solucione esto de una vez por todas!

Después de esto, no tarde ni un segundo en salir corriendo en esa dirección, dejando atrás a los soldados que me observaban directamente, en el instante en el que se giraban para ocupar sus puestos como guardianes de la puerta del Castillo.

Pronto me encontré con un pasillo que seguía por la izquierda, como me habían dicho.

En ambas paredes de dicho pasillo, grandes candelabros iluminaban sus recónditas esquinas, donde varias mesas se disponían a lo largo de éste.

Parecía mentira que estuviera ocurriendo algo en el Castillo, ya que cada detalle de aquel corredor estaba totalmente ordenado, y colocado propocionalmente a su tamaño.

Aún así, no pude permancer observando. No podía demorarme. Tenía que evitar que ocurriera algo malo.

Michael estaba ansioso por encontrar con vida a su padre, y Nancy no podría parar la ira del joven príncipe.

Avanzaba girando a la derecha, sin fijarme en lo que ocurría en aquel pasillo hasta que una gran cantidad de luz apareció de pronto, y tuve que cubrirme, y cerrar los ojos fuertemente para que no resultaran dañados.

Cuando la luz desapareció, fui abriendo lentamente los ojos, aunque esta vez el corredor estaba completamente oscuro. Pero no fue por mucho tiempo. Varias antorchas comenzaron a encenderse una a una, desde el final del pasillo, hasta el lugar donde me encontraba.

Cuando las llamas alcanzaban lo alto de cada vela, la cera iba derritiéndose, mientras el líquido que producía se caía hacia el soporte metálico que formaba cada candelabro.

El fuego avanzaba hasta mi posición, posandose en cada una de las velas, e iluminando un poco más el pasillo.

Todo lo que estaba ocurriendo era muy raro en un solo día, aún así, lo peor estaba por llegar.

Cuando pude contemplar con claridad que había en el pasillo, me giré rápidamente repugnado, y tapándome con ambas manos los orificios nasales.

El corredor estaba repleto de aldeanos, amontonados en pequeños grupos de personas, y completamente blancos. Además, varios estaban manchados de sangre que seguía recorriendo sus ropajes hasta tornarlos completamente rojos.

Nadie respondía, y me decidí a acercarme a esos cuerpos, esperando poder encontrar a alguien con vida.

Cada vez que tocaba los miembros inertes de cada persona, un gran escalofrío recorría toda mi columna vertebral, ya que sus ojos aún permanecían abiertos, y mostraban gran tristeza.

No encontraba ninguna pista de lo que verdaderamente estaba sucediendo en el castillo. No había rastro de Michael, ni de Nancy. No teníamos que habernos separado, pero no tuve tiempo para explicárselo, ya que no dudó en dejarme solo, sin saber absolutamente a dónde ir.

Recorrí el recinto con la mirada, esperando encontrar algo que me hiciera seguir adelante, y dejar atrás a toda esa gente. Entonces, levanté la cabeza en dirección al techo. Pero esta vez, no cerré los ojos al instante, sino que quedé petrificado observando el mensaje que descansaba sobre el centro del techo, junto a la lámpara de cristal brillante que se movía lentamente ocultando el texto. Además, las letras estaban escritas en sangre, que goteaba hacia el suelo, aunque no se percibiera por el color rojo de la gran alfombra.

Y lo peor, era el contenido de ese texto. Con grandes letras, transmitía escalofriantemente:



          NADIE LOGRARÁ SOBREVIVIR. Y NO PODRÁS       

              HACER NADA PARA EVITARLO.


No entendía para nada su significado dentro de la situación que estaba viviendo hoy. ¿ Quién querría ese futuro para los habitantes del Castillo? La traición hacía mucho que había penetrado en las profundidades de la ciudadela, pero no podía imaginar que fuera ese el destino de tanta gente: morir asesinados a manos de alguien sin misericordia.

Miré de nuevo hacia el pasillo, y grité al instante. Un hombre calvo y desdentado se acercaba a mí, levantándose desde uno de los cúmulos de cadáveres que descansaban en la esquina derecha del próximo pasillo.

Mostraba los ojos totalmente cerrados, y comenzó a correr en el instante en que yo pensé en hacer lo mismo.

Si la definición de correr fuera lo que yo estaba haciendo en ese momento, mis antiguos profesores me darían de los lindo. En vez de correr, saltaba de un lado a otro, dando fuertes patadas al suelo. Si alguien me viera, pensaría que pronto me esperarían en un sanatorio mental, pero eso me daba igual.

Mientras continuaba saltando por los pasillos, miraba hacia atrás, esperando no ver a nadie siguiéndome, pero me equivocaba, ya que aquel hombre seguía corriendo con los ojos cerrados en mi dirección.

Y como siempre, mi distración me hizo cometer un error. Me choqué contra una mesa que estaba en el centro de el corredor y caí al suelo, dándome fuertemente en la cabeza con el pico puntiagudo de ésta, que se destrozó en un santiamén, dejándome atrapado entre los restos de madera.

Cerré los ojos. No quería ver de nuevo a ese aldeano endemoniado. Pero lo cierto era que no se escuchaba nada en los alrededores, sólamente mi respiración entrecortada.

En ese momento, fue abriendo lentamente los párpados. Tenía la cabeza girada mirando a mi derecha, y con temor, comencé a moverla hacia el centro.

Ese movimiento fue más difícil de lo que imaginaba. No sabía que hacer si me volvía a encontrar a alguien en medio de toda esa oscuridad.

Cuando giré la mirada completamente hacia el centro del pasillo no me esperaba para nada oscuridad. En frente de mí, me miraba aquel hombre, que abrió los ojos cuando le reconocí. Sus ojos rojos iluminaban parte de la estancia y me miraban sonriente, como un completo enagenado. Entonces, abrió la boca babeante y vislumbré un grupo de dientes mal colocados y amarillentos, que exulsaban sangre por las encías, sin que sintiera nada de dolor.

-     No deberías escapar de tu destino, John. Nadie te va a hacer daño. Ji, ji, ji- reía, moviendo los ojos como si tuviera un tick nervioso.

-     ¿ Qué quieres de mí?- susurré perturbado, intentando apartar los restos de mesa de mis piernas.

-     ¡ No, no, no! ¡ Ji, ji, ji ¡- decía gritando-. No vas a lograr nada- notaba como la madera iba cediendo, apartándose de mi pierna derecha. Tenía que salir de allí cuanto antes o no lo contaría nunca.

Pronto el resto de le mesa se deshizo de sus ataduras, y cayó al suelo.

No tenía mucho tiempo para escapar. Tenía que buscar el momento perfecto, cuando no me prestara atención, algo que iba a ser bastante difícil.

Cuando mi perseguidor alejó la mirada, tras oír un ruido, le propiné un buen golpe, y salí, esta vez corriendo hacia la puerta de la sala del trono, que se encontraba en el pasillo siguiente.

Pero ese hombre corría más rápido que yo, y no pude evitar que me alcanzara. Estaba muy cerca de mí, y en el instante en que pudo agarrarme de la chaqueta, me empujó de nuevo contra el suelo, sin que pudiera cerciorarme de ello.

Sin detenerse a pensar, acercó sus dientes a mi cuello, intentando morderme con esas muelas humeantes y nauseabundas:

 - Por favor. ¿ Qué quieres de mí?- dije, intentando ganar tiempo.

 - No quiero nada. Simplemente quiero destrozarte hasta que tu mente deje de pensar. Eres demasiado estúpido como para entender todo esto- añadió mientras seguía directo hacia mi cuello.

No había podido detenerle ni un segundo. Ni siquiera sabía que me pasaría en los próximos minutos, y decidí rendirme. Quizá era mejor que me mataran. Después de la muerte de mi padre, no quería seguir viviendo.

Cuando iba a alcanzar la parte inferior de mi cuello, profirió un gran grito, mientras una gran cantidad de plantas le apartaban de mí, retorciéndose alrededor de su escueto cuerpecillo.

Las plantas lanzaron al aldeano hasta el techo y comenzaron a golpearle contra éste, sin descanso. Cada vez que el aldeano chocaba contra el techo, expresaba una leve maldición en su interior. No le venía mal después de haberme asustado de esa forma. No tenía ni idea de dónde procedía ni en qué lugar me encontraba, pero de momento sólo pensaba en salir con vida.

Cuando ni siquiera se oían las lamentaciones de aquel ser, las plantas fueron desapareciendo, enrollándose como la lengua de una mariposa, y el hombre cayó al suelo.

Las plantas acabaron desvaneciendose en un punto del pasillo, donde una luz, desde lo alto de la sala, apuntaba a una joven, la princesa Sophie.

Me observaba fijamente, pero con la mirada perdida. Su rostro estaba completamente blanco, y en un instante, su cuerpo comenzó a caer hacia la alfombra roja, produciendo un leve estruendo en la oscuridad que nos rodedaba.

Sin dudarlo un momento, salí corriendo en su dirección aunque no distinguiera nada a un centímetro de mí. Sophie aún seguía consciente, pero estaba temblando y me miraba extrañada con aquellos ojos azules parecidos al mar. Su rostro era como un ángel, aunque su cabello rubio estuviera totalmente descolocado.

Me incliné hacia el suelo, y me aferré al cuerpo de la joven, sujetándole la cabeza entre ambos brazos:

 - Tú no deberías estar aquí. No puedes…- susurró mientras intentaba incorporarse, sin éxito.

 - No diga nada. Está muy débil. No entiendo nada de lo que está ocurriendo, pero no voy a dejarla aquí sola- añadí, situando a la joven en su posición anterior.

 - Oh, encima eres cortés. ¡Qué bonito! Por una vez eres tú el que me salva. Ya empezaba a ser una costumbre que yo fuera tu salvadora- me abofeteó la mano, y se levantó.

 - Váyase al infierno, princesa. No pedí su ayuda. Además, esta conversación es de locos. Usted está desaparecida. No puede estar aquí.

 - En efecto, desagradecido. Eres tú el que no tendría que estar aquí- y sin decir nada más, me tocó con una de sus manos.

 - ¡Uy, princesa! ¡No vaya tan rápido, que se puede precipitar!- susurré con cierta ironía.

 - Cállate. No seas más ridículo de lo que puedes llegar a ser.

 - No creo que sepa nada de mí- musité, observando fijamente sus hermosos ojos-. Y no diga de esta agua no beberé, que en algún momento puede tentarse, y no va a lograr resistirse- Sophie no siquiera me respondió, sino que me dedicó una mirada en la que me dijo todo lo que pensaba.

Entonces, de la mano de Sophie, una gran luz cubrió parte de mi cuerpo, mientras ella permanecía ausente acumulando parte de su poder en sus extremidades. Esta comenzó a recorrer mi pierna, directa a mi cabeza:

 - Adiós, John. Te avisé que se me agotaba el poder. No me hagas tener que salvarte otra vez- añadió cuando la luz llegaba a mi cabeza.

Contemplé como la princesa se despedía con la mano simplemente.

Después de esto, no vi nada más, ya que mis ojos se cerraron sin percatarme, y desaparecí de la sala.

sábado, 9 de abril de 2011

Capítulo IV Reencuentros (Parte 1/2)

Pronto llegaríamos a la entrada de la ciudadela, y decidí hablar con Michael, que no había dicho ni una sola palabra desde su casi-caída. Me percaté por un momento de algo que se me había escapado completamente de la cabeza. Los soldados del Reino del Fuego habían disparado una flecha ígnea al joven príncipe. Y en el tiempo que había pasado desde entonces, no le había ayudado. Preocupado, me giré hacia el joven:

- Michael, ¿estás bien?

Pero nadie respondió a mi pregunta. El príncipe se agarraba inconsciente al helado, resbalándose por este. No podía creer que hubiera estado dormido durante todo lo que había ocurrido en estos últimos momentos.

Además, vislumbré como una pequeña cantidad de sangre fluía por su pierna lentamente. Y, alarmado, agarré su cuerpo y lo coloqué sobre varias pieles, antes de que cayera al vacío.

Si no llegábamos pronto, el príncipe no sobreviviría a su herida.

En un pequeño lapso de tiempo, comencé a escuchar varios estruendos procedentes de algún lugar. Pronto descubrí que varios helados se  acercaban a nosotros. No podía creer que hubiera más soldados del Reino del Fuego. Si así fuera ya nadie podría salvarnos, ni siquiera la princesa.

Observaba a cada lado del bosque que acabábamos de traspasar, pero nadie aparecía de sus entrañas.

En un instante, sin que nos diéramos cuenta, nos rodearon gran cantidad de helados voladores montados por soldados de nuestro Reino. Pero no procedían del bosque, sino que habían llegado de la dirección contraria, la ciudadela.

Aun así, no tuvieron la actitud que esperaba.

Nos fulminaron con la mirada y sacaron varios arcos, apuntándome directamente al corazón:

- ¿Quién eres, intruso? No dudaremos en arrebatarte la vida si no tiras el arma- gritó uno de los soldados, el jefe, al parecer.

- ¿De qué están hablando? Soy John Final, y el rey me ha mandado llamar. No creo que le guste el trato que me están ofreciendo. Será mejor que controlen sus palabras- había decidido contarles la verdad. Por el contrario, ambos estaríamos muertos.

- Lo siento, joven- aquel hombre, sorprendido, bajó la cabeza con vergüenza-. Últimamente han sucedido sucesos poco creíbles en Palacio. Y las medidas de seguridad han aumentado considerablemente.

- Es lo mismo. Lo entiendo. Mi vida no es que haya sido muy tranquila estos últimos días.

- Pero, ¿ quién os acompaña? El rey no habló de ningún acompañante suyo, señor- añadió, señalando fijamente a Michael. Y no permitiremos que un extraño se acerque a nuestro monarca, como puede entender.

- No me creería si le dijese la verdad. Será mejor que el rey sea el primero en conocer su identidad. Además, está herido, y necesita ayuda médica.

- Está bien. Síganos a través del puente. Cuando lleguemos, le acompañaremos hasta la entrada de palacio. Y escoltaremos al joven hacia la enfermería de palacio.

- Pero no veré al rey hasta que mi compañero se reponga. Es imprescindible que su Alteza le vea. Es de vital importancia.
- Estoy a vuestro servicio, joven Final. Mi nombre es Odín y soy el protector directo del Rey Polar. Daría mi vida por él, y en muchas ocasiones he estado al borde de la muerte. Pero Dios ha querido que le siga protegiendo- exclamó eufórico- y mi Rey me ha pedido que os lleve con vida a palacio. Aunque veo que he llegado demasiado tarde.
- Está en lo cierto. Pero usted no ha podido hacer nada para evitarlo. No podría imaginarse lo que me ha sucedido hoy. Y tengo varias noticias para el Rey- no me imaginaba la reacción que tendría al enterarse de que su gran amigo había muerto, junto al retorno de Michael y las visiones tan aterradoras de la princesa Sophie.

- Espero que alguna de vuestras noticias sea positiva para nuestro Rey. Está perdiendo todas las esperanzas de que su familia vuelva a ser como antes. No tengo permitido contaros la razón por la que os ha llamado, pero es de vital importancia. Y debido al secuestro de su hijo, no tenía otra opción que recurrir a vuestro padre:

- No tiene que darme ninguna explicación. Le ayudaré con honor, y espero que la repentina aparición de este intruso, según usted, no cambie sus planes respecto a mi misión.

No podía imaginar que después de todos lo peligros que había afrontado para llegar a Palacio, el Rey no necesitara mi ayuda gracias a la aparición del príncipe.

Terminamos de hablar, y seguimos nuestro camino a través del puente de madera, que se movía violentamente de un lado a otro debido al viento que comenzaba a sacudir la región.

También las banderas situadas en varias de las almenas ondeaban, ocultando la insignia del reino helado, que se encontraba plasmada en cada una de ellas.

Parecía como si una sombra se estuviera cerniendo sobre el Palacio, ocultando su esplendor del resto del Reino Helado.

Nunca había visitado la ciudadela, y menos aun el Palacio del Rey. Y debido a aquello, no podía dejar de mirar cada uno de los detalles que mi vista era capaz de reconocer.

Aunque me temía que dentro de poco visitaría todo el reino , cuando tuviéramos que hacer frente a la misión que nos encomendaría el Rey Polar.

Y puede que alguno de los lugares que visitáramos no nos ofrecieran el mismo recibimiento que el Rey estaba dispuesto a darnos.











Durante el resto del viaje, Odín y el resto de sus acompañantes no me dirigieron la palabra, aunque se encargaban de observar cada poco tiempo a Michael, que dormía plácidamente sin percatarse de lo que ocurría a su alrededor.
Si realmente supieran de quién se trataba, no le mirarían de aquella manera. Pero no revelaría su identidad. Ese momento tendría que protagonizarlo el mismo. Y cuando todo el mundo se enterara de que el príncipe había vuelto sano y salvo, no me gustaría estar en su pellejo, ya que le esperaba un recibimiento más que abrumador en el momento en que todos los aldeanos no podrían contener su emoción.
Tampoco quería imaginarme cuál sería la reacción del Rey, después de tanto tiempo sin verle y de haber desechado todas las posibilidades de volverle a ver con vida.

Parecía que no fuésemos a llegar nunca. Y mientras permanecía sentado esperando, Michael despertó, revolviendose de dolor contra las pieles que le rodeaban:

- Dios mío, ¿ qué ha ocurrido? No recuerdo nada, y solo siento como si mi cabeza vaya a reventar- dijo, tocándose la cabeza, y notando que un paño presionaba la herida que tenía en la pierna.

- ¡ Por fin despiertas, Michael! ¡ Habrás dormido bien, no?- añadí.

- No me des la lata, ¿vale? Me acabo de despertar y creo que mi pierna también está en apuros , ¿no? ¿Alguien me dice que está ocurriendo aquí, y quiénes son esos hombres?- exclamó, señalando a las personas que nos escoltaban a Palacio.

- Michael, levanta la vista y averiguarás dónde nos encontramos- comenté, ansioso por ver su  reacción al encontrarse de nuevo en casa.

El príncipe fue desplazando su vista hasta lo alto de la montaña repleta de nieve donde se encontraba la ciudadela, y no pudo contener la emoción al averiguar dónde estaba. Hacia tantos años que no veía aquellas almenas, que le comprendí cuando varias lágrimas surgieron rápidamente de sus ojos:

- No puedo creer que después de tantos años esté de nuevo aquí, en mi hogar y junto a la gente que me quiere. Hace varios meses pensaba que nunca volvería a contemplar estas vistas, pero veo que me equivocaba.

- Y los hombres que nos escoltan, creo que le suenan de algo, ¿no?- dije, esperando que Michael reconociera al protector de su padre, después de tantos años.

El joven príncipe, de nuevo, miraba fijamente hacia Odín y los demás escoltas, que seguían impasibles conduciendo tranquilamente por el puente, que cada vez se movía con más fuerza, rasgando alguna de las cuerdas que le sujetaban:

- No puede ser él. Ha cambiado mucho desde la última vez que le vi. Pero sigue siendo el Odín que conocí.

- No debes dar a conocer tu identidad de momento. Hay que guardar la emoción para el último momento, ¿no crees?- respondí, sonriendo y pensando que Michael opinaría de la misma manera. Pero, de nuevo, me equivocaba.

- Creo que no va a ser posible, John. Llevo mucho tiempo haciéndoles sufrir. Y ahora que tengo la oportunidad de detener su sufrimiento, no pienso esperar ni un segundo más.

En ese momento, mientras yo permanecía atento a lo que iba a suceder, estuve de acuerdo con él. Y observé lentamente la reacción de cada uno de nuestros escoltas al enterarse del retorno de su Alteza real:

- Odín, viejo amigo. ¿Te acuerdas de mí?- preguntó entusiasmado Michael, en el instante en que su gran amigo se giraba anonadado en nuestra dirección.










Odín no podía creer lo que sus ojos estaban viendo en ese instante.
Michael, su gran amigo de la infancia, y príncipe del Reino Helado, le observaba sonriente desde el helado volador del nuevo visitante del Rey Polar, John Final, que también miraba incrédulo a Michael.

Después de su desaparición no esperaba volver a verle, actitud pesimista que hubiera preferido no tener. Pero la posibilidades de vuelta del joven eran mínimas después de que los secuestradores no le hubieran puesto en libertad, cuando el Rey había pagado el precio que éstos le pedían.

Y las últimas tragedias que habían sacudido el Reino, favorecían a las opiniones negativas de la población de la ciudadela, y del propio Palacio.

Desde luego, su retorno iba a hacer que el Rey reaccionara de una buena vez, y solucionara todos lo problemas que iban aumentando según pasaba el tiempo:

- No es posible. ¿El príncipe ha vuelto?- dijeron al unísono varios de los acompañantes de Odín, a la vez que éste se acercaba al helado de John, conduciendo en el suyo propio.

Y desde el momento que varios de ellos reconocieron al príncipe, desaparecieron de la faz de la tierra directos a la entrada de la ciudadela, donde un cúmulo de personas esperaban ansiosas a ver lo que ocurría en el exterior de la muralla.

La gente era curiosa por naturaleza, y pasarían varios días hasta que asimilaran lo que había pasado ese día, y lo que suponía para el Reino.

El joven protector del Rey se plantó frente a Michael, y sin pensarlo más de dos veces, se lanzó hacia su cuerpo, y le abrazó fuertemente, mientras el príncipe correspondía su recibimiento.

Desde su infancia, cuando se habían conocido en los campos de prácticas del ejercito de Reino Helado, se habían convertido en grandes amigos.

Aunque en un primer momento el Rey no aceptaba que su hijo hiciera buenas migas con Odín, pronto comprendería su amistad.

Y cuando se convirtió en mayor de edad, fue nombrado protector del Rey y del príncipe cuando éste muriera.

Desde aquello, se ayudaban siempre que pudieran pero un trágico día lo cambió totalmente todo.

Michael fue secuestrado y su gran amigo, enfurecido, registró cada parte del Reino, esperando encontrarle. Pero desgraciadamente, nadie fue capaz de dar con el príncipe. Y en ese momento, ya nadie imaginaba que el príncipe volvería.

Odín lo había asimilado y recordaba a su gran amigo con mucho cariño y respeto. Esperaba que, por lo menos, siguiera vivo en algún lugar, aunque no pudiera estar con su gente.

Tras un largo rato abrazados, por fin alguno de ellos se decidió a hablar.

- Creía que no volvería a verte nunca más. No sabes cómo me alegro que hayas vuelto. Ya tenía más que asimilado que podías haber muerto a manos de esos... Ya sabes, esa gente- susurró tristemente.

- A si que habías asimilado mi muerte. ¡Qué rápido me olvidaste, Odín!
- No quería decir eso. Siempre he pensado en tu vuelta, pero lo veía muy lejano.
- No hace falta que me expliques nada. Sé de sobra que has estado muy preocupado por mí. Más incluso que mi padre. Solo era una broma, no te preocupes- añadió, comenzando a sonreír- Desde luego, si he vuelto, tú has sido uno de los culpables. Quiero que lo sepas.

- Y no me arrepiento por ello. Creo que vas a devolver a la ciudadela todo el esplendor que está perdiendo por momentos. Y tu padre puede que logre volver a ser el mismo- desde los últimos acontecimientos, el rey permanecía encerrado en la sala del trono, y difícilmente salía de paseo a los jardines.

- Necesito verle ya. No permitiré que permanezca más tiempo sufriendo por mí, y por el resto de la familia.

- Vuestros deseos son órdenes, Michael. No esperaremos más. Dejémonos de cháchara. Y salgamos ya- exclamó Odín, girandose dispuesto a continuar el trayecto en dirección a la entrada de la ciudadela.









Después de esto, Michael y yo seguimos a Odín por el puente.

El resto de los soldados habían desaparecido ante nuestra vista, seguramente para avisar a los aldeanos del retorno del príncipe.

Esperaba que el Rey no se percatara de lo que estaba sucediendo en el exterior del Castillo.

Michael no podía imaginar aquel momento, cuando se reencontrara con su padre y aquella sorpresa le proporcionara fuerza al monarca.

Contemplé como Odín se paraba en seco frente al espacio que separaba el antiguo puente de la entrada a la ciudadela.

Nuestro acompañante silbó fuertemente, y se escucharon varios pasos. En lo alto de las murallas, un grupo de soldados corrían torpemente en directos a la palanca que activaría el mecanismo que a su vez abriría el puente levadizo.

Nunca había visto una superficie tan grande, y me sorprendió comprobar la rapidez con la que bajaban el puente.

En varios segundos, el puente chocó contra el agua helada del foso que rodeaba el Castillo.

Odín descendió hasta el suelo del puente, ya que no se permitía a los ciudadanos del Reino entrar volando en los respectivos helados.

Michael y yo nos bajamos de nuestro helado, y lo sujeté contra mis hombros, al igual que hacía Odín con el suyo.

El príncipe se acercó a la gran puerta de madera que chirriaba al abrirse lentamente.

- ¿Preparado para lo que te espera?- Odín sonreía, cuando comenzaban a oírse varios gritos, procedentes del interior de la ciudadela.










 Lo que siguió a nuestra entrada fue totalmente increíble.
Ninguno de los dos esperaba lo que contemplaríamos detrás de la gran puerta que acabábamos de traspasar.

La plaza estaba repleta de gente. Todas las personas se empujaban unas a otras, profiriendo varios insultos de unos a otros con indignación.

Todos deseaban ver al recién llegado Michael, después de tantos años.

En el momento que pisamos los primeros cúmulos de piedra que formaban la ciudad, los gritos se dispararon estrepitosamente.

Cada una de las personas que allí se encontraban recitaban los cánticos que habían elaborado en su ausencia.

Pronto la plaza se llenó de felicidad, después de varios años.

Los padres de familia recogían a sus hijos del suelo, y los elevaban hacia sus hombros, donde observaban atentos a Michael junto a Odín y a mí, que no lograba salir de mi asombro.

Sabía la importancia de Michael para la gente de la ciudadela pero no me esperaba que lo que mis ojos contemplaban, impactados.

Los que aun no se habían percatado de nuestra llegada salían de sus casas sin pensarlo más de un minuto.

De repente se escuchó un profundo grito, y todos los aldeanos se olvidaron por un minuto de la razón por la que se encontraban allí, y se giraron extrañados.

Pero aquel grito no provenía de alguien que sufría, sino todo lo contrario.

Una mujer, de avanzada edad, corría hacia Michael, empujando a la gente que se interponía en su camino.

En un primer momento, pensé que el joven príncipe no conocía de nada a aquella mujer, pero cuando me quise percatar, los dos se fundían en un largo abrazo:

- ¡Gracias a Dios, Michael! ¡Dios ha oído mis súplicas! ¡Gracias, Dios, gracias!- la mujer no soltaba a Michael ni un minuto, aunque éste no se quejaba de los abrazos de aquella mujer.

- Nancy, estoy aquí. No te preocupes. Ya todo ha pasado. He vuelto, y estoy bien- dijo mientras la besaba en ambas mejillas, y continuaba abrazándola con fuerza.

Definitivamente Michael conocía a la tal Nancy, y desde hacía mucho tiempo, o por lo menos eso parecía a la vista de los demás. Aquella mujer transimitía mucho cariño, y estaba muy claro que quería a Michael como si de su verdadero hijo de tratara.

Cuando parecía que Nancy nunca iba a soltar al príncipe, Michael fue soltándose, apartando los dos brazos que le mantenían sujeto.

Y, de repente, se giraron en mi dirección mientras Michael cogía de ambas manos a Nancy y se acercaban hacia mí.

Ahora que me percataba, Nancy mostraba un aspecto de lo más deplorable. Sus ropas estaban totalmente impregnadas de un olor a caldo de oso polar, y parte de su falda también estaba manchada de varias salsas. Además, su pelo recogido, luchaba contra el humilde pañuelo que lo manetenía sujeto en un moño de lo más peculiar. La pobre no había tenido tiempo ni para arreglarse cuando había vislumbrado a Michael a través de las ventanas de Palacio:

-     Nancy, quiero presentarte a alguien muy especial para el Reino- le dijo, en el momento que la mujer comenzaba a fijarse en mí.

-     Encantado de conocerla. Soy John Final, hijo de Reynold, gran fabricante de helados voladores. Espero conocerla pronto. Y protegerla de todos los males que se ciernan sobre este Reino- añadí, sonriendo.

-     ¡ Oh, el hijo de Reynold ¡ Es un completo placer. Es usted muy educado. Yo le serviré siempre, como si fuera mi propio hijo. Ya se ha fijado en como soy con la gente que quiero, ¿ no ?- exclamó, lanzandose esta vez hacia mí y abrazándome.- Estoy muy agradecida de que haya traído de vuelta a Michael. Estoy en deuda con usted, quiero que lo sepa- añadió de nuevo, susurrando en mi oído.

-     No tiene que darme las gracias. Desde este momento, no lucharé solamente para proteger a esta familia y a todos los que le rodean, sino que lucharé por venganza contra ese Reino del Fuego, que no tiene misericordia con nada ni con nadie- añadí eufórico, recordando la desaparición tan misteriosa de mi padre.

-     Nancy, puede que Reynold haya muerto a manos de los soldados del Reino del Fuego. Asaltaron Lianel, y arrasaron todo a su paso. Secuestraron a toda la población, pero algunos no tuvieron esa suerte, como Billy y puede que el padre de John- susurró Michael.

-     No, no puede ser. Eso es imposible. No puede haber muerto- Nancy comenzó a llorar. Se notaba que había tenido mucho cariño por mi padre, y al igual que yo, no podía imaginar un mundo sin él.

-     No tenemos tiempo para explicaciones, Nancy. Deseo ver a mi padre ahora mismo. Si ha pedido que John venga a ayudare, algo importante debe de haber sucedido. Y sé que tú lo sabes, pero debe ser él quien me lo diga- exclamó Michael, soltandose de Nancy y girandose hacia el Palacio.

-     Espere, su padre no quiere ver a nadie. Desde ese día no ha querido que nadie le visite. Y nadie sabe en qué estado se encuentra- Nancy dirigió su mirada, de repente, hacia la pierna de Michael.

-     Michael, estás herido. No permitiré que vayas a ver a tu padre sin curarte esas heridas.

El joven príncipe parecía estar perdiendo la paciencia. Y, en parte, le compredía completamente. Si pudiera volver a ver a mi padre, haría cualquier cosa para conseguir unos segundos con él.

Michael se agachó rápidamente ante la afirmación de Nancy, y se palpó la herida. Con un rápido movimiento, se deshizo de la venda y todos contemplamos como la herida, por suerte, sólo había sido superficial:

-     ¿Contenta?- añadió el joven, dirigiendo una leve sonrisa hacia la Nancy-. Ahora, ¿ dónde está mi padre, si se puede saber?- gritó mientras se hacía paso entre cada una de las personas que nos rodeaban, que se apartaban cuando Michael les rozaba.

-     Está encerrado en la sala del trono. Y te repito que no deja que entre nadie, ni siquiera para darle la comida. Todos estamos muy preocupados porque desde esta mañana, ni siquiera responde   - añadió Nancy, que avanzaba detrás del príncipe, al igual que yo.

-     Pues tiraré la puerta si es necesario.